1. ¿Qué buscas? ¿Cómo te encuentras?
Jesús le dijo a un joven: «todavía te falta una cosa, adelante, vende todo y luego sígueme» (Mc 10,21). En esa palabra «adelante» se encierra parte del secreto para que tu vida sea una verdadera, no aparente o televisiva. Aquel joven se había acercado a Jesús con una pregunta que le inquietaba: «¿qué he de hacer de bueno para heredar la vida eterna?» (Mc 10,17). Ese joven tenía sueños e ilusiones, quería vivir a tope y ser feliz para siempre. Pero sabía que eso no le llovería del cielo: tenía que hacer algo, más aún, algo «bueno» para alcanzar esa meta. Por eso, preguntó a alguien capaz de ayudarle.
Curiosamente en el Evangelio no se nos dice el nombre de aquel joven. Creo que la razón es muy sencilla: para que pongas tu nombre. Ese joven puedes ser tú. Imagínate en esa situación. Seguro que tú, también como él, tienes tus sueños, tus ilusiones para el futuro: aquello por lo que haces las cosas, por lo que te levantas cada mañana aunque las sábanas se te peguen, por lo que estudias, te esfuerzas o entrenas cada día, por lo que trabajas, por lo que decides esto o aquello en tu empresa o en tu familia o en la situación en la que te encuentres. Antes de ponerse uno en marcha tiene que saber qué busca y hacia dónde quiere ir para poder elegir el camino acertado. Por eso, Jesús lo primero que preguntó a unos que tenían curiosidad por él fue: «¿qué buscáis?» (Jn 1,38). Quizás te sientas reflejado en esa canción de Amaral: «quiero vivir, quiero gritar, quiero correr en libertad, quiero encontrar mi sitio». ¿Y tú? ¿Qué quieres en la vida? ¿Qué buscas? No te canses nunca de soñar. Querer es bueno. Pon nombre y apellido a tus sueños.
2. «Lo hemos encontrado». Te presento a Jesús
El joven rico pero insatisfecho acudió a alguien que podía ayudarle. Posiblemente había oído hablar de él o se lo encontró por casualidad. Sea como fuere resultó alguien muy especial: Jesús de Nazaret. A lo largo de los siglos quien se ha encontrado con Él no ha quedado indiferente. Así les ocurrió a los primeros discípulos. En cuanto lo conocieron fueron a presentársele a otros: «lo hemos encontrado» (cf. Jn 1,41.45). Tú también puedes encontrarlo, pero no basta con encontrarlo una vez, la a mistad con Jesús es siempre nueva, siempre con infinidad de Vida por descubrir… “Señor, te he encontrado pero a la vez necesito seguir buscándote”
En Jesús descubrirás que Dios no es una idea abstracta por encima de las nubes sino que tiene rostro y corazón: es mi Padre, nuestro Padre. En Jesús he escuchado que Dios tiene una palabra para mí y que no es ni para regañarme ni para echarme flores sino para iluminarme en mi camino hacia la auténtica felicidad: «ánimo, no tengas miedo», «levántate y camina», «yo tampoco te condeno pero anda y en adelante no peques más», «bienaventurados los pobres en el espíritu». Jesús me ha hecho notar que Dios tiene gestos conmigo de confianza, de ternura, de compasión, de aliento. En Jesús he descubierto que Dios no me deja tirado, incluso cuando yo he pasado de Él, sino que se ha interesado por mí y que le importo hasta el punto de hacerse uno como tú y como yo, de compartir mi vida real, con sus tanteos y crisis, hasta el punto de entregar su vida en la cruz «por mí» y por todos para que nosotros no tuviéramos que morir para siempre. ¡Esto sí que ha sido un derroche de Dios!
Resumiendo, en Jesús puedes sentir que Dios te ama sin condiciones ni límites, como eres, como soy, con mis grandes valores y mis pobres defectos, para siempre. Jesús es un Dios distinto de como lo imaginamos y, por eso, nos hace distintos después de haberlo encontrado. Él no te quita nada de lo bueno, hermoso y grande que tienes. Al contrario – como dice el Papa Benedicto – te ofrece más, te lo ofrece todo.
3. «Lo que hemos visto y oído te lo anunciamos». Vivir la Iglesia
Pero ¿cómo encontrar a ese Jesús si vivió hace más de dos mil años? Los cristianos confesamos que Él ha resucitado y, por eso, sigue vivo, presente entre nosotros de un modo misterioso pero real por medio de su Espíritu Santo. Hay cosas que no ves con los ojos pero sin ellas no puedes vivir: el amor de tu familia, la amistad, el aire, la luz…Algo así es el Espíritu de Jesús resucitado. Puedes encontrarlo en todas partes pero hay un lugar en el que nos ha garantizado su presencia: en la Iglesia.
Ciertamente la Iglesia no tiene hoy muy buena fama en la opinión pública. No sé qué opinión tienes tú de la Iglesia. Yo sólo querría presentártela de otro modo. Quizás ves la Iglesia sólo como una institución poderosa y rica entre tantas de nuestra sociedad, la identificas con los curas o con un grupo determinado, o tienes la imagen que de ella te venden (carca, impositiva, incoherente…). Pero la Iglesia sobre todo es la casa de la gran familia de Jesús, donde hay sitio para todos, donde todos somos iguales siendo distintos porque Él está en medio según nos prometió: «donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Yo no creo solo sino junto con otros que me han anunciado «lo que han visto y oído» (1 Jn 1,1-4), formando así una cadena que se inició con los apóstoles de Jesús, continúa hasta hoy y se prolongará hasta el fin de los tiempos.
Si entras a formar parte de esta gran familia, la verás con ojos nuevos, como a tu propia madre. Te darás cuenta, naturalmente, de sus faltas, porque la formamos hombres y mujeres limitados, pero ante todo te sentirás como en casa, en tu casa.